viernes, 25 de octubre de 2013

Carolyn

Mi madre se negaba rotundamente a que yo fuer a aquel funeral, "demasiada tristeza para una niña", decía. Pero ella sabía que yo tenía que acompañarlo, para que no estuviera solo. No fue una sorpresa la muerte de Carolyn, aunque todos se empeñaran en contarme bonitas mentiras. Quizá hubiera sido mejor creérmelas como hubiera hecho cualquier otra niña. Pero el cuerpo no es tan mentiroso como la boca, y en cada visita que ella nos hacía a mi y a mi abuelo  las marcas que la enfermedad va dejando eran mayores. Al final dejó de venir. Recuerdo que mi abuelo tocaba el piano los minutos que debían haber estado llenos de la voz de Carolyn.
El día de aquel funeral el ambiente era raro, como si el aire estuviera lleno de palabras que nunca se dijeron. Yo miraba a un lado y a otro, pero todo el mundo guardaba silencio, nadie parecía tener algo que decir. De repente mi abuelo apretó mi mano y yo le miré desde abajo, y entonces me di cuenta de que aquel ruidillo silencioso de palabras enlatadas venía de la garganta de mi abuelo. ¿Qué querría decir? ¿Qué habría guardado ahí dentro tanto tiempo? Porque las palabras parecían enfadadas.
Ya casi todo el mundo se había ido, y mi abuelo nunca me soltó la mano. Caminamos hacia delante y casi grito cuando la vi inerte en aquel ataúd. Me dolía la cabeza, ¿no iban a callarse esas palabritas? Me eché hacia atrás y me senté en uno de esos bancos de madera, y los observé a ambos: Carolyn parecía no querer decir adiós para siempre. Mi abuelo solo la adoraba con ojos de cristal.
Cuando íbamos en el coche de vuelta el sol brillaba mucho,  mi abuelo me habló sin apartar la mirada de la carretera.
-Nunca seas cobarde. La vida odia a los cobardes.
Lo miré extrañada, sin entender por qué me decía aquello. Mantuve un rato mi atención en él, esperando una explicación, pero nunca llegó. Mi abuelo no volvió a mencionar nada de aquello en todo el día, nunca más en realidad...

 Han pasado años desde el funeral de Carolyn, y ahora parece que esas palabras cobran sentido, ahora veo que las sonrisas de mi abuelo eran distintas cuando Carolyn estaba cerca, y que ella decía de un modo distinto su nombre.
Hoy, a veces, escucho el eco de esas palabras nunca dichas y se me viene a la cabeza la imagen de aquel ataúd.

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